Soliloqui d’una carnissera

Et penses que em mamo el dit? Jo aquestes coses les ensumo d’una hora lluny. I et tinc molt apamat, després de tants anys. “Vinga, Teresa, que la noia s’ha quedat sense feina i a la parada ens calen més mans”. I, apa, servidora et va fer cas. És clar que la mossa fa molt de goig, amb aquella cintura de vespa i uns pits que et podrien treure un ull. Al principi la miraves de resquitllada, quan entraves i sorties de la cambra frigorífica per reposar el gènere. Suposo que llavors encara em temies. Però et vas anar confiant i vas oblidar que tinc un ull al clatell. Déu em va fer poc agraciada però em va regalar una vista prodigiosa. I et notava rere meu, respirant fort, observant-la mentre penjava els pernils. Devies anar molt calent, però a casa no vaig esgarrapar ni un clau. I que no és trist?

Però el pitjor encara havia d’arribar. D’un dia per l’altre, vas decidir ser amable. Perquè tu, de maneres, sempre has anat molt justet. Mira que m’has vist traginar costellams i enfilalls de botifarres, que alguna vegada, de tant carregada, he estat a punt de penjar-me’ls a l’orella. I no has mogut ni un dit. I llavors, vas començar amb que si us porto un cafè, que si he afilat els ganivets, que si marxeu tranquil·les que ja escaldaré els peus de porc. Això a la parada, que a casa eres el peix bullit de sempre.

“Au va, què t’empatolles?”, em vas respondre quan vaig parlar-te de les meves sospites. “Quines proves tens, eh, digues!”, i d’aquí no et vaig treure. Però és que veure’t arribar del barber amb camisa nova, em va semblar tan gros! I tu vinga a dir-me que estava grillada. Al final, me la vaig haver d’embainar.  Però, noi, ara sí que has begut oli.

Que l’arracada d’aquella bleda no ha arribat al teu pantaló per art de màgia. Em bull la sang. Ara mateix et ficaria el cap a la picadora. T’obriria en canal, et tallaria els collons. El mateix destí que un porc, hauries de tenir! Ves-te calçant, que la casa i la parada són meves. Serà bonic, l’amor, amb una mà al davant i l’altra al darrere.

Bien de laca

Me escabullí de la nube de gente arremolinada frente al cementerio y me eché a correr. Los zapatos me iban muy prietos y los pies me dolían horrores. Enseguida noté la humedad de la herida en el tobillo, así que torcí por una callejuela y me descalcé. La acera estaba helada y, aunque pronto iba a ser mediodía, la escarcha todavía cubría los hierbajos que asomaban entre el cemento. 

Me costaba reconocer el pueblo en invierno: gris, callado, enjuto. Nosotros solíamos ir a mitades de agosto, después de un viaje infernal de seis horas sin aire acondicionado y bajo la mirada amenazante de mi hermana, dispuesta a correrme a collejas si le salpicaba al echar la pota. Mi padre fumaba puro con la ventanilla bajada y el locutor de Radio 5 empleaba su voz tediosa en repasar los resultados deportivos. Cuando parecía que cogía el sueño, mi padre apagaba de sopetón la radio y nos asaltaba con preguntas de historia: “¿Qué famoso general cartaginés luchó en Sagunto en la Segunda Guerra Púnica?” (…) “¿Se puede saber por qué nadie contesta?”. Dios mío, yo solo quería morirme. Suerte que mi madre, de vez en cuando, interrumpía esos arrebatos a mi favor: “Para el coche, Juan Antonio, que la cría está muy pálida”. Cuando llegábamos, las fiestas habían empezado y muchas calles estaban cortadas. Así que nos tocaba arrastrar las maletas un buen trecho, sorteando las sillas plegables de los feriantes entre la retahíla de tacos de mi padre. Pero en cuanto divisaba la silueta redonda de mi abuela agarrada a la cortina de tiras, se me pasaban todos los males. “¿Cómo estás, hija mía? Pasa y cómete una rosquilla”. 

Las cortinas ahí seguían. Crucé el umbral y, al moverlas, me acordé de la Confites. Era la prima de mi abuela: una mujer entrada en carnes, embutida en babys floreados, que pasaba a primera hora a dar el parte. “A que no sabes quién se ha muerto, Feliiii?”, gritaba como desgañitándose, y tras soltar todos los detalles en la puerta, corría ruidosamente las cortina y se metía hasta la cocina a dar la brasa. Aquella era la casa de Tócame Roque. La gente entraba sin llamar y se la traía al pairo si andábamos en pijama. La Demonios, Vinagre, El Pizcas… Yo me sentaba en la butaca, fascinada con esa sucesión de personajes. La mayoría de las veces la cosa iba de chismes: que si la mujer de Crispín se la pegaba con otro, que si Locajo se había paseado en cueros borracho, que si al muchacho de Ñoño le habían puesto un ojo a la funerala de un puñetazo. Mi abuela seguía con sus tareas y rara vez miraba al interlocutor. Sus intervenciones eran breves y expresaban resignación. A mí se me escapaba la risa cuando le oía decir entre dientes: “Hay que joderse”.  El visitante se iba siempre con un encargo de mi abuela, que parecía cobrarse así el aguante de la matraca: “Dile a la Marifé que me guarde hora para el tinte”, “pasa por donde Federico y encárgame diez morcillas” o “échame la primitiva”. 

A mí me encantaba que mi abuela me mandara a por recados: “Coge cuartos y vete a comprar un colacao de esos y unos chambursís”. La tienda de Federico era un local oscuro y de techos altísimos, con estanterías rebosantes de artículos. La gente esperaba la vez sentada en taburetes, como si asistieran a un espectáculo. A mí me lo parecía, sobretodo cuando Federico sacaba un palo altísimo acabado en pinza y con máxima precisión enganchaba un paquete enorme de rollos de papel de váter. 

El sonido del teléfono me devolvió a la realidad. No pude encontrarlo, el comedor había quedado patas arriba al intentar hacer hueco para pasar el ataúd. Levanté algunos de los marcos de fotos que el ajetreo había tumbado y reconocí a algunos de mis primos en el día de su Comunión, en un posado angelical a juego con un fondo azul claro. Lástima de trajes. “Cómo puede ser tan cochino… mira que pringar la camisa de manchas de chorizo… Este crío me consume!”. El lamento de mi tía se ahogaba en el jolgorio de aquellas comilonas en la huerta, sede de todas las celebraciones. “Ala, Matilde, échale un trago a la bota, que eso ya lo lavaré yo…”. Esa era mi abuela. 

De pronto recordé mi propósito y me encerré en su cuarto. Durante el velatorio había pasado por allí medio pueblo y el olor a jabón Magno que rezumaba siempre aquella estancia se había evaporado. En el primer cajón de la mesilla encontré varias pastillas de Magno Oro y me eché una al bolso. De paso birlé uno de sus cientos pañuelos de hilo blanco. Mi abuela los perfumaba con colonia S3 después de plancharlos y siempre llevaba uno encima. Me encantaba sonarme de pequeña con esos pañuelos. Luego me apuraba devolvérselos llenos de mocos: “Trae, hija mía, ya los lavaré”. En la cómoda encontré algunos tacos de jabón de manteca envuelto en papel de carnicería. No pensaba marcharme sin alguno. Me percaté enseguida de la escuálida colección de ropa interior de mi abuela: cuatro bragas, dos fajas, tres sujetadores. Y una combinación deshilachada. En el armario ropero, más de lo mismo. Tres camisas, dos faldas negras y un conjunto para funerales, bodas y comuniones. Bueno, y a parte la mortaja, claro, que dejó debidamente preparada con el último recibo del Ocaso pinchado con alfiler en la mantilla. 

De pequeña me parecía que la vida en el pueblo era mucho más fácil. Un universo casi binario: garbanzos o habichuelas, magdalenas o carne de membrillo, sandía o melón. Más adelante constaté que el cometido de mi abuela en este mundo también podía explicarse en pares de principios: ayudar a los hijos y no dejar deudas, tragarse los sapos y no dar guerra, celebrar las alegrías y llorar las penas.  

El fuerte olor a naftalina me hizo cerrar el armario. Esas bolas blancas que en mi infancia creí poderosísimas. Nunca había visto polilla, pero me la imaginaba como un ejército de gusanos con piel de pana que ascendía por la ropa con movimiento acordeónico y hambre voraz. Así que cuando mi abuela me mandaba colgarle la falda, me escaqueaba con cualquier excusa por miedo a recibir un mordisco.  

– Vamos a pintar un poco a la abuela, tía, que hoy vendrá a verla mucha gente.

– Arrea: ¿dices?

– Claro, si quedará hermosísima.

– Lo que tú digas, pero no muy exagerá.

Esas eran mi hermana y mi tía, media hora antes que la cortina de tiras nos adviertiera de la llegada del Canario a dar el pésame. Los polvos de colorete se habían quedado encima de la cómoda, al lado de una estampa de San Bartolomé, a quien me abuela guardaba ciega devoción. Estaba arrugada por los años pasados en su monedero y olía a billete sucio. La cogí.  

Cerré el bolso para conservar bien todos los aromas. Salí de la habitación y de camino al baño vi encima del mármol de la cocina, dentro de un cenicero, el anillo que mi abuela se sacaba para fregar. Y entonces lloré, lloré mucho. Mi tía ya había entrado en casa y me llamaba. Ya salía del baño cuando tropecé con un bote de laca Nelly tirado en el suelo. Otro clásico de mi abuela, que a pesar de su extrema sencillez, le encantaba marcarse el pelo con aerosol y hacerse un pequeño tupé. “Como la Jurado, qué leche!”, se reía. 

Y lo he comprobado. El día va mucho mejor cuando te das bien de laca.  

Si tu ronques, jo també

Li agrada fer-se l’adormit després d’haver fet l’amor perquè ella s’entregui també al son i així poder-la contemplar en secret. Són cinc minuts preciosos. Una nit més, constata que la posició al llit de l’Alba és un reflex de la seva naturalesa salvatge. Els braços oberts, els cabells esbullats, el llençol fet un manyoc a l’alçada dels malucs. Li ensuma el coll: la suor fa més intens l’aroma de perfum afruitat. Voldria llepar-lo però no es pot entretenir. Només disposa de cinc minuts. Gira el cap i s’adona de l’estesa de copes i ampolles de vi que encerclen el matalàs. 

– A la tercera revolcada no recordarem on hem deixat la copa. N’omplim moltes i llestos – li havia proposat mentre li descordava amb ànsia la camisa – Fes-me una llista amb tots els botons que he fet saltar, eh? Crec que ja vaig pel quart! – i vinga a riure. 

L’Alba tot ho fa intens. La seva vitalitat a vegades l’aclapara. Havien quedat al migdia per celebrar la seva condició de filòlegs acabats de graduar. Ella havia preparat un risotto espectacular. “Fes el favor de tastar aquest parmesà. Déu meu, si he de morir, que sigui amb formatge i vi blanc! Mmm” – havia dit aclucant els ulls amb teatralitat. Després de dinar, havien vist ‘La loba’ per insistència d’ella. “Com broda Bette Davis el paper de filla de puta”, “igual era bona tia, però és clar, amb aquests ulls de serp”, “pobre marit, ja ha begut oli”… les seves acotacions mentre escurava sorollosament la síndria el feien petar de riure. Ell hagués fet una mica de migdiada però ella va voler llegir-li els poemes de Salvat-Papasseit que preparava per a un recital. “Aquest fa posar els pèls de punta. Atent, eh?” I sí, efectivament, el ‘Mester d’amor’ amb la veu trencada de l’Alba li havia pessigat el cor. 

-M’encanta com flexiones les cames una mica endavant per declamar. Molt Tina Turner. 

-Sí, eh? Xaval, que jo vaig guanyar un festival de final de curs cantant ‘The best’. Posa-me-la, va, que m’arremango la faldilla! – L’escena havia acabat amb els dos ballant i fent-se cops de cul entre riallades. 

L’Alba li agradava molt. Moltíssim. I hòstia, aquella dona de força huracanada s’havia fixat en ell. Semblava que el vent bufava a favor, si no fos pels terribles roncs. Va ser pensar-hi i escoltar les primeres respiracions fondes de l’Alba, preludi d’una ranera insofrible. Els cinc minuts de treva s’havien esgotat i ell, com cada nit que dormien junts, fugia cap a la cuina buscant el consol a la nevera. La xocolata atenuava el seu mal humor. Però s’havia acabat i i es va haver de conformar amb un tall de turró ressec. 

– Clava’m una cossa, amor, no gastis manies. Que de tant en tant ronco – li havia dit de passada l’Alba, aquella primera nit. La confessió havia esberlat la intimitat del moment, però només per a en Ricard. L’Alba feia voleiar els sostenidors a mode d’hèlice riure que riuràs, aliena al gest d’horror que es dibuixava en el seu rostre. 

Insinuar-li alguna cosa a l’Alba seria precipitat. Només feia quatre mesos que sortien. Potser tampoc estava en les seves mans reparar aquell llast fisiològic. Calia, per tant, mantenir-la al marge de les seves maquinacions. Se la mirava de nou, fascinat per aquella exuberància. La pell bruna, les faccions rodones, la melena d’un negre atzabeja. “Quedaria mona en un quadre de Gauguin, oi?” – bromejava amb coquetaria quan es vestia davant del mirall. Un rugit més fort que els anteriors el va esglaiar. “Estimada, si Gauguin t’hagués conegut de nit, hauria pintat un porc polinèssic”- es va dir, sorneguer. 

Les darreres nits en blanc li havien evocat una imatge demolidora: la d’ells dos visiblement envellits, fent-se un petó al passadís abans d’entrar cadascú a la seva cambra. De retruc, aquesta estampa l’havia traslladat a un capítol de la infància que es repetia tots els anys, quan els abuelos de Valladolid s’instal·laven a casa dels Sarmiento un mes, en el marc d’una ronda per la Península per visitar els fills. Els abuelos anaven a parar a la cambra dels mals endreços, l’única lliure en aquell petit pis del Clot. Dormien en llits plegables, que un cop estesos, impedien tancar la porta de l’habitació. L’abuelo i l’abuela roncaven com bàrbars, de manera descompassada, cosa que feia més grotesca aquella sinfonia de l’horror. 

El Ricard vivia amb contradicció l’estada dels abuelos. De dia es delia per estar amb ells: sempre estaven de bon humor i amb ganes d’ajudar en el que fos, des de pelar patates fins a buscar la canalla a l’escola. Eren pacients i sol·lícits. Però de nit, només desitjava que marxessin. Semblaven lleons i l’atemorien. Alguna nit, pres per la desesperació, s’aixecava del llit i, de puntetes, s’apropava sigilós a la cambra dels abuelos. Des del passadís feia espetegar la llengua, confiant que aquella solució sonora fes efecte, com li havia assegurat un amic seu. “Antonia, a mí no arrees como a las mulas, eh? ¡Que te he oído!” “Pero qué dices, Pascual? Anda y vuélvete a dormir!”, escoltava que es deien. I durant un quart d’hora el silenci tornava a regnar en aquella part del pis, temps suficient perquè el Ricard, rendit per les emocions, s’adormís. 

Els abuelos eren els dos grans roncadors i es neutralitzaven. Vés que sigui tan fàcil com això!” – va pensar. I amb un punt d’eufòria va allargar el braç per recuperar el mòbil entre les copes i escriure al buscador: “Perfil d’home roncador”. Mentre esperava que Google obrés la seva màgia, va provar el seu primer rugit. 

Jo mai et llençaré

Ja el veu. El seu cos escanyolit puja lentament la rampa de sortida de l’escola, amb l’esquena inclinada endavant pel pes de la motxilla. “Pobre fill, sembla una tortuga” – es lamenta la Mercè. La imatge del net estirant el coll buscant-la entre la corrua de gent l’entendreix.

– Com està el meu cavaller? – pregunta al Pau mentre li acarona el cap.

– Psè. Avui el pati ha sigut una caca. El plàtan de l’esmorzar se m’ha aixafat i semblava vomitat, àvia. El Xavi m’ha dit looser vàries vegades. El molt imbècil portava un entrepà llarg com aquells que venen als bars i creus que m’ha preguntat si en volia un tros? No!

– Ànims, que el dia encara pot fer un tomb. Per dinar hi ha macarrons rostits amb llomillo.

–  Sí, sí, sí! Com moles, àvia – i li agafa una mà. De seguida nota la pell encartonada i el tuf a lleixiu. De camí cap a casa s’entreté a fer-li rodar l’aliança – Avui a mates ens han parlat de la hipotenusa, que és no sé què del triangle. A mi hipotenusa em sona a bruixa del mar, com l’Úrsula de La Sirenita. Plena de mitxelins i amb ulls de lluç espantat. Segur que hi veu en la foscor i pot fregir-nos amb rajos làser. 

– Déu n’hi do, quina mala pècora – i de cop visualitza aquest pop fictici esparracat al marbre de la peixateria, sagnant tinta, vençut per una xarxa més mortal que els infrarojos. Les fabulacions del Pau l’entretenen d’allò més. El joc consisteix en buscar un final mundà per a cada fantasia evocada. Des de fa uns mesos, però, només se li acudeixen desenllaços sinistres.

– Ja li has explicat a l’avi que Messi vol marxar del Barça? – la veu del nen interromp les seves divagacions.

– Oi tant. Li tinc tot el dia la ràdio posada. Deu estar esparverat – i sacseja la mà oberta amunt i avall, repetint el gest que feia en Ramon quan un assumpte tenia marro. S’abraçaria més estona a aquest record, però en girar la cantonada de casa veu aparcat el cotxe de la seva filla.

– Que t’ha dit la mama que vindria a dinar?

– No – i en Pau obre la porta cridant: “Mamaaaa, ja hem arribat!”. 

La Cèlia s’atansa a l’entrada i observa la seva mare en silenci.

– Tot bé, filla? No m’has avisat que vindries.

– Ho he decidit a última hora. M’han cancel·lat una reunió i he pensat en fer-vos una visita. Veig que ha sigut una idea rodona perquè hi ha macarrons! – i s’abraça a la Mercè, qui li torna un petó sorollós a la galta. – Mama, la veritat és que també et volia parlar d’una cosa que m’amoïna. El Pau m’ho ha explicat.

– T’ha explicat què?

– Que parles amb les cendres del papa. Que tens l’urna al vestidor de l’habitació. Que li poses la ràdio i que alguna vegada fins i tot li llegeixes el ‘Mundo Deportivo’.   

– Bah, i quin mal hi ha en tot això? És una manera de fer-me companyia. Una altra aniria a buscar conversa a la plaça. Jo a casa hi estic bé – però intueix que la resposta no satisfà la Cèlia. Ha pecat d’ingènua confiant el secret al Pau.

– Mama, el papa va morir fa un any i des de llavors que insisteixo en enterrar les cendres perquè puguis fer bé el dol. Assumir que no hi és, i recomençar en aquest punt.

– Què nassos he de recomençar amb 77 anys, Cèlia? Per l’amor de Déu! I què n’hem de fer, del teu pare? Escampar-lo pel bosc perquè s’hi pixin els gossos dels boletaires? Llançar-lo a mar perquè acabi dins d’una ampolla de Font Vella?

– I has pensat en el Pau? En l’impacte que li pot provocar veure com la seva àvia parla a un mort?

La Mercè no se sent amb forces per entomar aquest gir argumental. La discussió l’agafa desarmada. “La Cèlia em mira amb ulls d’hipotenusa, només puc claudicar” – pensa. Però just llavors veu el gat saltar a la caixa del pipicà. – Guaita, àvia, quin riu més llarg que està fent el Bistec! – sent que diu el Pau.

–  Cèlia, no en parlem més. Portaré les cendres al panteó familiar, a Sant Andreu, amb els avis. A la tarda trucaré per veure com ho hem de fer i t’aviso.

– Ostres, mama… és important que facis aquest pas. M’alegro que finalment hi hagis accedit – i la besa als cabells.

– Aneu parant taula, que pujo a dalt a posar-me la bata – la Mercè nota que les cames li tremolen quan posa el peu al primer graó de l’escala. S’agafa fort a la barana i s’escolta el panteix. Recupera la idea que li ha travessat el cap com un llamp fa uns instants. L’operació és senzilla: substituir les cendres per les pedretes del pipicà. “Igual les hauré de passar pel túrmix” – es diu.

Entra a l’habitació i d’una revolada es tanca al vestidor. Xiuxiueja: “Ramon, la Cèlia m’ha descobert. Però ja he traçat un pla. Té pebrots que quasi amb 80 anys hàgim de dur la nostra relació en secret, com quan en teníem 16. Com és la vida, eh? Però tu no has de patir, amor meu, que jo mai et llençaré”.

D’una estrebada estira la bata de la perxa i crida: -Baixo!.

Els pares dels altres

– Maria, és la mare. Diu que t’afanyis, que té el cotxe mal aparcat.

Ja l’havia reconeguda pels tres cops de timbre a l’intèrfon. Aquell so estrident ens feia fer un bot a la meva amiga i a mi, que en aquells vespres de diumenge, cansades de jugar al Monopoly, furgàvem amb desfici els calaixos del seu germà per trobar una recòndita revista de tetes i culs. Era el moment de fer una bola amb la roba bruta i entaforar-la a la bossa de la cremallera rebel. Per enèsima vegada les dents del mecanisme havien mossegat la màniga del pijama i es resistien a deixar-la anar. El tros de roba que penjava per fora de la bossa com un braç inert feia petar de riure la meva amiga, que l’agafava simulant una encaixada formal. 

– Tranquil·la, que si trobo la teves calces brutes, demà les porto a classe perquè flipin amb l’estampat de tigres. Grrrr! – em dedicava des del replà. 

– Calla, capulla! – li responia cridant mentre baixava les escales de tres en tres. A través del vidre de la porta principal del bloc ja endevinava la mare i el seu moviment de braços exaltat. 

Jo obria el vell Panda tres portes i feia aixecar el seient del copilot entre els cruiximents propis d’un cotxe reumàtic i els retrets de la mare per la tardança. Aquella estesa d’engrunes de pa Bimbo i retalls de de paper d’alumini em rebia als seients del darrere. 

– Llavors què, com t’ho has passat? – em preguntava la mare mentre activava els intermitents, que sonaven com els pèndols d’un rellotge antic.

– Bé – responia jo, amb aire desmenjat. 

– Suposo que hauràs donat les gràcies als pares de la Mireia, oi?

– Que sí, mama – i li mentia amb la naturalitat apresa a còpia d’anys. Certament, m’hagués volgut acomiadar però la infructuosa cerca, en l’últim minut, de les calces extraviades m’havia atribolat i havia sortit per la porta sense mirar enrere. – La cremallera de la bossa s’ha tornat a encallar.

– Això ets tu, que no la saps fer anar – sentenciava la mare mentre els seus dits nerviosos feien girar la rodeta del dial. En el seu univers mental, només dos motius podien explicar que una cosa no rutllés: la falta d’esforç o de destresa. Per defecte, doncs, aquesta teoria et feia responsable de totes les pegues. Però aquell vespre em feia molta mandra tornar-m’hi i vaig decidir submergir-me en les meves cabòries. Els vidres s’havien entelat i el meu dit, enjogassat, hi dibuixava siluetes estrafolàries. 

Aquells trajectes de quart d’hora entre la Ciutat del Costat i el meu poble em convidaven a pensar. Feia uns dies havia vist uns tríptics a l’acadèmia d’anglès promocionant intercanvis amb estudiants estrangers. Noves experiències, riquesa cultural, bla, bla, bla. Com és que a ningú se li havia acudit mai proposar un intercanvi de pares? Per què havíem de resignar-nos a créixer sota l’estela dels mateixos progenitors? No pensava en cap aventura irreversible: només un temps per tastar el pa que es donava a altres cases.

Els pares que m’havien tocat em cansaven. Obstinats i temperamentals, els agradava molt discutir. Qualsevol motiu, per nimi que fos, servia per encendre la metxa i disparar una col·lecció d’arguments amb què estabornir el rival. Vaig normalitzar força bé aquelles bregues i fins i tot desenvolupar alguns mecanismes d’abstracció per convertir-les en un remor llunyà. Amb tot, era difícil esquivar la mare de totes les batalles, que esclatava els diumenges al migdia amb la informació política del Telediario. 

– El país a la ruïna i aquest pocavergonya surt a treure pit. Ens falta un Robespierre, collons. 

– Doncs jo crec que no ho tenia fàcil i se n’ha sortit prou bé. 

I apa. Que sí això, i allò, que si tomba i que si gira. L’única manera d’evadir-se era a glops de sidra El Gaitero. Era tradició de casa beure’n els diumenges per acompanyar els vol-au-vents farcits i les lioneses de Can Gil, una pastisseria a la qual la mare guardava fidelitat canina. El tal Gil era un home d’aspecte cansat i poques paraules. O potser no, i només era la manera com rebia la mare, que sempre li tenia un consell a punt per fer créixer el negoci: “I vols dir que en aquell racó no t’hi cabrien unes tauletes per servir esmorzars?”. En Gil la deixava parlar amb un mig somriure mentre ens embolicava les safates.

No sé en quin moment vaig començar a imaginar-me que en Gil es venjava en secret, fart de les idees que li engaltava aquella dona tretzepets. El veia a l’obrador, traient-se burilles del nas i col·locant-les als nostres vol-au-vents. D’un dia per l’altre en vaig deixar de menjar, davant l’astorament de la mare. 

En canvi, no vaig fer mai fàstics a la sidra. El pare servia a cada germana una única copa. Estava molt freda i me la bevia de cop, incapaç de dosificar aquell beuratge dolcíssim. En pocs minuts notava com se m’emboirava el cap i es diluïa el fragor del combat dialèctic. Les ganes de migdiada se m’acceleraven però no estava disposada a renunciar a les lioneses. Sempre procurava preparar-me’n una de triple, fusionant la crema, la nata i la trufa. Però tenia el cap espès i les meves maniobres amb la cullera fracassaven. D’aquella gran empastifada m’enduia a la boca una mica de xocolata i m’aixecava de la taula buscant amb desesperació el sofà. 

La Mireia m’animava a provar altres mètodes per evadir-me de les baralles, com ara mirar fixament el medalló dels Reis Catòlics que pendulava entre els pits enormes de la meva àvia. O bé comptar els minuts que faltaven perquè el cucut del rellotge tirolés cantés l’hora en punt com si li anés la vida. 

– Preferiria que féssim un intercanvi: boxejadors per muermos – li etzibava a la Mireia. 

Sí, ella i jo havíem establert categories per definir els pares de la classe: els boxejadors (els meus), els muermos (els seus), els moderns que deixaven beure Coca Cola, els que menjaven coses rares, els de l’avi que perdia la xaveta, els pesats de les excursions, els que tenien un garatge ple d’andròmines, els que presumien d’enciclopèdies … la llista era llarga i canviant. Si alguna de les dues havia passat el cap de setmana a casa d’un company de classe, el dilluns ens afanyàvem a compartir les impressions i a actualitzar, si convenia, les categories. A la Mireia, els boxejadors no l’atreien gens ni mica i la possibilitat que els muermos m’adoptessin temporalment va quedar definitivament aparcada. 

– Maria, Maria, contesta’m, fill meu! – els crits de la mare em van retornar a la realitat. – No trobo aparcament. Té – va allargar la ma per deixar-me unes monedes al palmell – compra’m un Fortuna. 

– S’ha apujat un duro, mama. M’ho va dir l’altre dia el senyor del quiosc – li vaig assegurar en una nova mentida. Vaig agafar les cinc pessetes del moneder i vaig saltar del cotxe. Mentre esperava que el quiosquer em servís el paquet de tabac, em vaig adonar que la meva mare, estacionada en doble fila, semblava barallar-se amb el quadre de comandament del cotxe. Vaig recollir el tabac i amb el duro furtat, vaig demanar cinc cuba-libres. Com amb la sidra, mai he sabut administrar les llaminadures. Vaig desembolicar barroerament els caramels i, apa, tots a la boca.

– Mama, què fas? – li vaig preguntar amb les galtes embotides.

– Doncs mira, que el teu pare ha estat remenant aquest matí la calefacció i ara no funciona. Mira que li he dit de portar el cotxe al mecànic. És tan cabut! Ara li diré i s’enfadarà, però és que tinc raó. 

I quan ja giràvem cap al carrer de casa, vaig pensar que la mare devia estar escalfant perquè la sortida al ring era imminent. 

Aquest relat neix de la lectura de la novel·la ‘No soc aquí’ d’Anna Ballbona. El seu magnífic retrat de l’estranyesa vital m’ha remogut. Li agraeixo aquest exercici d’introspecció i també el fet d’haver encunyat ‘La Ciutat del Costat’, una expressió que ens mancava als crescuts a la perifèria.