Bien de laca

Me escabullí de la nube de gente arremolinada frente al cementerio y me eché a correr. Los zapatos me iban muy prietos y los pies me dolían horrores. Enseguida noté la humedad de la herida en el tobillo, así que torcí por una callejuela y me descalcé. La acera estaba helada y, aunque pronto iba a ser mediodía, la escarcha todavía cubría los hierbajos que asomaban entre el cemento. 

Me costaba reconocer el pueblo en invierno: gris, callado, enjuto. Nosotros solíamos ir a mitades de agosto, después de un viaje infernal de seis horas sin aire acondicionado y bajo la mirada amenazante de mi hermana, dispuesta a correrme a collejas si le salpicaba al echar la pota. Mi padre fumaba puro con la ventanilla bajada y el locutor de Radio 5 empleaba su voz tediosa en repasar los resultados deportivos. Cuando parecía que cogía el sueño, mi padre apagaba de sopetón la radio y nos asaltaba con preguntas de historia: “¿Qué famoso general cartaginés luchó en Sagunto en la Segunda Guerra Púnica?” (…) “¿Se puede saber por qué nadie contesta?”. Dios mío, yo solo quería morirme. Suerte que mi madre, de vez en cuando, interrumpía esos arrebatos a mi favor: “Para el coche, Juan Antonio, que la cría está muy pálida”. Cuando llegábamos, las fiestas habían empezado y muchas calles estaban cortadas. Así que nos tocaba arrastrar las maletas un buen trecho, sorteando las sillas plegables de los feriantes entre la retahíla de tacos de mi padre. Pero en cuanto divisaba la silueta redonda de mi abuela agarrada a la cortina de tiras, se me pasaban todos los males. “¿Cómo estás, hija mía? Pasa y cómete una rosquilla”. 

Las cortinas ahí seguían. Crucé el umbral y, al moverlas, me acordé de la Confites. Era la prima de mi abuela: una mujer entrada en carnes, embutida en babys floreados, que pasaba a primera hora a dar el parte. “A que no sabes quién se ha muerto, Feliiii?”, gritaba como desgañitándose, y tras soltar todos los detalles en la puerta, corría ruidosamente las cortina y se metía hasta la cocina a dar la brasa. Aquella era la casa de Tócame Roque. La gente entraba sin llamar y se la traía al pairo si andábamos en pijama. La Demonios, Vinagre, El Pizcas… Yo me sentaba en la butaca, fascinada con esa sucesión de personajes. La mayoría de las veces la cosa iba de chismes: que si la mujer de Crispín se la pegaba con otro, que si Locajo se había paseado en cueros borracho, que si al muchacho de Ñoño le habían puesto un ojo a la funerala de un puñetazo. Mi abuela seguía con sus tareas y rara vez miraba al interlocutor. Sus intervenciones eran breves y expresaban resignación. A mí se me escapaba la risa cuando le oía decir entre dientes: “Hay que joderse”.  El visitante se iba siempre con un encargo de mi abuela, que parecía cobrarse así el aguante de la matraca: “Dile a la Marifé que me guarde hora para el tinte”, “pasa por donde Federico y encárgame diez morcillas” o “échame la primitiva”. 

A mí me encantaba que mi abuela me mandara a por recados: “Coge cuartos y vete a comprar un colacao de esos y unos chambursís”. La tienda de Federico era un local oscuro y de techos altísimos, con estanterías rebosantes de artículos. La gente esperaba la vez sentada en taburetes, como si asistieran a un espectáculo. A mí me lo parecía, sobretodo cuando Federico sacaba un palo altísimo acabado en pinza y con máxima precisión enganchaba un paquete enorme de rollos de papel de váter. 

El sonido del teléfono me devolvió a la realidad. No pude encontrarlo, el comedor había quedado patas arriba al intentar hacer hueco para pasar el ataúd. Levanté algunos de los marcos de fotos que el ajetreo había tumbado y reconocí a algunos de mis primos en el día de su Comunión, en un posado angelical a juego con un fondo azul claro. Lástima de trajes. “Cómo puede ser tan cochino… mira que pringar la camisa de manchas de chorizo… Este crío me consume!”. El lamento de mi tía se ahogaba en el jolgorio de aquellas comilonas en la huerta, sede de todas las celebraciones. “Ala, Matilde, échale un trago a la bota, que eso ya lo lavaré yo…”. Esa era mi abuela. 

De pronto recordé mi propósito y me encerré en su cuarto. Durante el velatorio había pasado por allí medio pueblo y el olor a jabón Magno que rezumaba siempre aquella estancia se había evaporado. En el primer cajón de la mesilla encontré varias pastillas de Magno Oro y me eché una al bolso. De paso birlé uno de sus cientos pañuelos de hilo blanco. Mi abuela los perfumaba con colonia S3 después de plancharlos y siempre llevaba uno encima. Me encantaba sonarme de pequeña con esos pañuelos. Luego me apuraba devolvérselos llenos de mocos: “Trae, hija mía, ya los lavaré”. En la cómoda encontré algunos tacos de jabón de manteca envuelto en papel de carnicería. No pensaba marcharme sin alguno. Me percaté enseguida de la escuálida colección de ropa interior de mi abuela: cuatro bragas, dos fajas, tres sujetadores. Y una combinación deshilachada. En el armario ropero, más de lo mismo. Tres camisas, dos faldas negras y un conjunto para funerales, bodas y comuniones. Bueno, y a parte la mortaja, claro, que dejó debidamente preparada con el último recibo del Ocaso pinchado con alfiler en la mantilla. 

De pequeña me parecía que la vida en el pueblo era mucho más fácil. Un universo casi binario: garbanzos o habichuelas, magdalenas o carne de membrillo, sandía o melón. Más adelante constaté que el cometido de mi abuela en este mundo también podía explicarse en pares de principios: ayudar a los hijos y no dejar deudas, tragarse los sapos y no dar guerra, celebrar las alegrías y llorar las penas.  

El fuerte olor a naftalina me hizo cerrar el armario. Esas bolas blancas que en mi infancia creí poderosísimas. Nunca había visto polilla, pero me la imaginaba como un ejército de gusanos con piel de pana que ascendía por la ropa con movimiento acordeónico y hambre voraz. Así que cuando mi abuela me mandaba colgarle la falda, me escaqueaba con cualquier excusa por miedo a recibir un mordisco.  

– Vamos a pintar un poco a la abuela, tía, que hoy vendrá a verla mucha gente.

– Arrea: ¿dices?

– Claro, si quedará hermosísima.

– Lo que tú digas, pero no muy exagerá.

Esas eran mi hermana y mi tía, media hora antes que la cortina de tiras nos adviertiera de la llegada del Canario a dar el pésame. Los polvos de colorete se habían quedado encima de la cómoda, al lado de una estampa de San Bartolomé, a quien me abuela guardaba ciega devoción. Estaba arrugada por los años pasados en su monedero y olía a billete sucio. La cogí.  

Cerré el bolso para conservar bien todos los aromas. Salí de la habitación y de camino al baño vi encima del mármol de la cocina, dentro de un cenicero, el anillo que mi abuela se sacaba para fregar. Y entonces lloré, lloré mucho. Mi tía ya había entrado en casa y me llamaba. Ya salía del baño cuando tropecé con un bote de laca Nelly tirado en el suelo. Otro clásico de mi abuela, que a pesar de su extrema sencillez, le encantaba marcarse el pelo con aerosol y hacerse un pequeño tupé. “Como la Jurado, qué leche!”, se reía. 

Y lo he comprobado. El día va mucho mejor cuando te das bien de laca.  

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